La etiqueta nutricional es, probablemente, la intervención de salud pública con mejor
relación coste-beneficio que se ha puesto en una nevera. Y también la que más se
malinterpreta, sobre todo en lo que no puede hacer.
El metaanálisis de Shangguan y colaboradores siguió las directrices PRISMA y
buscó en diez bases de datos los estudios publicados desde 1990 sobre
etiquetado de alimentos y bebidas, en cuatro ámbitos: compras u pedidos, ingesta,
factores de riesgo metabólicos y respuesta de la industria [1].
De 6.232 artículos, identificaron 60 estudios, con dos millones de
observaciones repartidas en 111 brazos de intervención en 11 países [1].
La estructura del análisis importa tanto como el resultado, porque explica por qué
las etiquetas no siempre producen el efecto esperado. Entre los tipos de intervención
estudiados estaban los paneles de datos nutricionales, las etiquetas calóricas en
menús, los sistemas de semáforo, los distintivos de perfil nutricional y las
declaraciones de salud [1].
Y hay un dato del contexto que conviene tener presente: la investigación se desarrolló
en plena expansión del etiquetado, y los estudios iniciales se centraban sobre todo
en medir si la etiqueta atraía la atención o generaba conciencia, sin documentar
sus efectos reales sobre compras o ingesta [1]. El metaanálisis existe para medir
consecuencias, no intenciones.
Dos efectos distintos que conviene no mezclar
El metaanálisis evaluó desenlaces separados, y esa separación explica por qué las
etiquetas parecen funcionar «a medias»:
- Consumo y compras: el etiquetado modifica lo que la gente elige.
- Factores de riesgo metabólicos: el efecto sobre la salud es mucho más pequeño y
menos consistente.
Es un patrón que se repite en toda la literatura de intervención sobre comportamiento
alimenticio: cambiar una decisión de compra es mucho más fácil que cambiar un hábito
sostenido durante años. Y explica por qué un cambio en la etiqueta no equivale a un
cambio en la salud de quien la compra.
Qué dice la normativa europea
El Reglamento (UE) nº 1169/2011 relativo a la información alimentaria facilitada
al consumidor es el marco legal vigente en Europa, y su Anexo XIII recoge las
ingestas de referencia (VRN) para la población adulta, que aparecen en las
etiquetas junto a los valores de los nutrientes [2].
La distinción que más se ignora: esos valores de referencia son una referencia de
etiquetado, no un objetivo nutricional individual. En el capítulo de azúcares libres
de esta web ya se vio un ejemplo de por qué importa: la OMS recomienda menos del 10 %
de la energía en azúcares libres, mientras que el Anexo XIII trabaja con un
conjunto de valores de referencia distinto [2]. No son la misma puerta sobre la misma
despensa.
El marco de salud pública detrás de la etiqueta
La hoja de datos de la OMS sobre alimentación saludable ofrece el criterio para leer
una etiqueta sin perder de vista lo que importa: el principio de adecuación
—cubrir las necesidades de micronutrientes sin excederse—, de equilibrio, de
moderación y de diversidad [3].
Y fija tres cifras que sirven de contraste con lo que pone la etiqueta: carbohidratos
del 45-75 % de la energía, fibra dietética mínima de 25 g al día y, para los
mayores de 10 años, al menos 400 g de fruta y verdura al día [3].
La relación con la evidencia sobre fibra explica por qué el etiquetado importa más allá
de las calorías. La revisión sistemática de Reynolds y colaboradores sobre fibra y
cereales integrales encontró mejoras en el control glucémico en diabetes [4], que es
un resultado que depende del tipo de alimento, no solo de las calorías de la etiqueta.
Lo que el etiquetado no puede hacer
Tres límites, y son importantes:
- No informa de la calidad de la dieta completa. Una etiqueta bien leída no dice
si el conjunto de lo que se ingiere en el día es adecuado.
- No sustituye la educación alimentaria. La evidencia de intervención sugiere que
las etiquetas funcionan mejor como parte de un conjunto de medidas.
- No mide la dosis. Saber qué dice un producto no dice cuánto te vas a servir.
En resumen
- El metaanálisis revisó 60 estudios, dos millones de observaciones y 11
países, y evaluó compras, ingesta, riesgo metabólico e industria [1].
- El efecto sobre consumo y compras es distinto del efecto sobre factores de
riesgo metabólicos, y el segundo es mucho menor [1].
- Las cifras del Anexo XIII del Reglamento europeo son ingestas de referencia para
el etiquetado, no objetivos individuales [2].
- La etiqueta informa de un alimento, no de la calidad de la dieta [3].
Este artículo describe la evidencia sobre etiquetado en general. Para una recomendación
individual de dieta, consulta con un profesional de la salud.